martes, 4 de diciembre de 2012

Hojas de agua

guardias de la Isla de Pascua - Cristian Seebauer


En la noche mi ser es poesía. Puedo ser yo, acá, antes y después, puedo ser yo mañana sin haberlo vivido, como puedo ser quien fui sin haber existido.

Susurran las hojas ante tan inminente lluvia, de esas que escasean por estos lados. Rumorean todos en sus habitáculos quejándose de la creatividad de los poetas que esperan las nubes y los lugares comunes para escribir romanticismos, ideas de amor trilladas desde el inicio de la historia.

Inventamos conversaciones y oportunidades, dialogamos sobre lo que fue y lo que haríamos si volviera el tiempo a conjugarse. Algunos miedos los incorporamos para ser parte nuestra. Encontrar el día para expulsarlos es una opción que requiere voluntad y nadie nos paga por eso. Se gana el orgullo en cada paso, perdemos la soberbia en cada verdad que admitimos.

Ya no soy el mismo que se despidió con una rosa.

Si nos volvemos a perder espero que sea para siempre

domingo, 2 de diciembre de 2012

El último fin de los sueños

Noche en la Toscana - Cristian Seebauer


Siempre me he dejado sorprender por las citas de la filosofía y los placeres de la vida. En cada esquina que cruzo espero una sorpresa y aunque en varias no ocurra nada, no pierdo la esperanza.
Si de los días he podido sacar conclusiones, una de ellas ha sido la de no volver a cometer los mismos errores. Como ser contradictorio y humano, me gusta ver las piedras con las que tropecé para saber si ahora puedo levantarlas sin que me afecte su peso. Poder tirarlas al río o colocarlas en una repisa de fracasos constantes y admitir mi superación. 
No hay arte ni capricho que escape a la subjetividad.

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Las noches de mi ciudad a veces me sorprenden: viajar bajo un techo de cristal y mirar el amanecer, temer por la muerte y sorprenderme de llegar aun con vida, si es que esta percepción de ilusiones sigue siendo lo que yo solía conocer.  
Tal vez no vuelva a dormir, tal vez nunca más sueñe;  ya todos mis sueños he soñado.

lunes, 19 de noviembre de 2012

Un vestigio de eternidad



Si algo describe al tiempo es su dualidad de sanar heridas y también de intangibilidad de lo eterno. Muchas cosas cambian: la gente envejece, los amores se olvidan, los campeonatos del ciclón pasan a ser un grato recuerdo y los edificios piden una mano de pintura. Hay otras cosas que no cambian o tal vez no tienen un punto de inicio ni final, es por eso que se sostienen inmortales en el tiempo.

Hay severas y aclamadas teorías sobre el porvenir pero ella tiene un miedo y lo compartimos. Le costó aprender a soportar la irracionalidad de la muerte pero admite saber que ahora es una aceptación y no un reclamo a Dios. Me contó sobre sus momentos de soledad, sus años de lágrimas, sus dudas por saber qué la apasiona y su miedo a la eternidad. Se acusa de inmadura pero sé que es una pantalla más. Todo es materia de discusión

Pasaron años y amores, temblores y algunos buenos finales, pero sin embargo cuando esgrimimos una palabra entre ambos sabemos que todas las noches que los calendarios han contado son irrelevantes, algo esencial nos une; el más allá de las cosas.

Algunas miradas saben a libertad

miércoles, 31 de octubre de 2012

A través del círculo



La circularidad de las cosas la encuentro en la literatura de grandes artistas y en Borges que me lo enseño y espero que lo siga haciendo. También en la vida, en instantes minúsculos en que creo que todo se vuelve a repetir, o que soy una pieza universal indistinta de las demás.
Así transito los días, pensando en que no vuelvo ni avanzo, solo estoy girando alrededor de todo lo sucedido. Fue cuando volvió y me trajo algunos recuerdos, frases del pasado, de inmemoriales tiempos, frases que fueron suyas, mías y de quien sabe cuántos más. Acusa cierta inconsciencia en el acto pero los mínimos estudios en comunicación me enseñaron que nunca hablamos sin una razón definida; no existe el azar cuando dos que supieron amar se encuentran.
Sin embargo los años pasan y dicen los viejos que no vienen solos. Se cambia tanto en poco tiempo, que uno olvida cómo fue ser alguien que ya no es. Uno cree haber sido siempre el mismo, el de los pensamientos instintivos, el que se entrega al frenesí de sus sentimientos, el histérico contradictorio, el que hace lo que quiere y sabe de largas noches, perversiones y sexo sin concepciones amorosas.
Es ahí, cuando uno se vuelve revisionista y en meditaciones consigue entender qué pasó. No es fácil aprender a ser el manual de ayuda de nuestra autoestima.

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Soy una disculpa temporal, una excusa del tiempo. Tal vez una obra abstracta, la fuente de una plaza o vos en los colores del sol.

En los árboles me suspendo y conozco la luz.

martes, 9 de octubre de 2012

Aceptaciones

Composition VII - Kandinsky
Aceptaré los secretos de las paredes y los ojos de las cerraduras. La inseguridad viril de los varones y los miedos virginales de las antiguas damas.
También acepto los vicios ajenos y las medidas del tiempo que imponen los relojes; la mediocridad de los hombres y la falsedad de los árboles en primavera. Asimilaré que abuso de las mismas palabras una y otra vez y no me importa en absoluto saberte sin mi cuando en el humo se dibuje un recuerdo.
Aceptaré el precio de mi soledad, el valor de mis decisiones.
Pero hay algo que no aceptaré: es que te sientes a mi lado y no sepas que escribo en tu nombre.
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Besaré mi mano ante cada convicción perdida y en imágenes creadas por mi dibujaré la sonrisa de mis amores.

Ensayo sobre una siesta en que nadie moriría jamás

Monet


El vapor de los cristales de arena renació al salir el sol de Tunuyán y me pregunté, tal vez escaso de tiempo o presionado por la distancia recorrida, si podría ser como el agua y no morir nunca. Transformarme en gas o líquido, o esconderme sólido en congelados continentes, ser hielo y risa, alcohol y sangre.  
No hay ilusión mayor que la de reencontrarnos. Ilusión que revive en la esperanza de redención, despertar en un estado distinto, sublime.  Todos compartimos el mismo miedo y enfrentamos el frenesí de los años sin pensar en puntos finales y renuncias eternas. 
Y me persiguen los miedos de la infancia, tan reales en el paso del tiempo. Me persiguen también en las siestas en que exaltado me despierto, y con el latido acelerado de mi innoble corazón extiendo un brazo al aire, con el puño abierto, tratando de tomar algo que ya no tengo y cierro de repente mi mano, pensando que salvo a todos del inevitable momento y que voy a vivir para siempre, junto a los míos que hoy están, junto a los míos que lágrimas han sido
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Y recuerdo en cada luz del amanecer la reproducción de su alma en el piso y el frío de mi mano acariciando un último saludo.

domingo, 16 de septiembre de 2012

Una despedida

Kandinsky


El sol suele contradecirme cuando me encuentra despierto y poco entero al finalizar la noche. Me escondo de él por un momento y vuelvo horas después, cuando de todo ya se ha ocupado y no queda nada que pensar.

Los días alteran su orden y no importa, si un lunes pasa por sobre un jueves y el domingo vuelve a comenzar, son todos iguales e inalterables, se repiten en si mismos desde siempre y no puedo ni podré cambiar los caprichos del tiempo.

Y aunque no me esperes en las calles, ni me quieras encontrar en algún paso inadvertido de tu caminar, ahí estaré, cantando bajo, silbando alguna canción que te guste, resonando en tus oídos una y otra vez, sin saber dónde ir, perdido en los vestigios del alcohol y la vida.

Me despedí por última vez tantas veces que esta vez no sé como hacerlo.