martes, 5 de junio de 2012

Los árboles subversivos

Árbol africano - Cristina Alejos Cañada 

Quedan pocos rebeldes que alteren el orden pre establecido, y no quedan ideales ni amores por los cuales luchar. Son pocos hombres, pocas mujeres, y no se encuentran entre si; gran faena universal. Si todos esos que se lamentan de su existencia supieran expresarlo ante sus otros similares, no sufrirían tanto el desarraigo de sus idealismos inútiles, que se perdieron en los libros de hace más de cincuenta años. 
Puedo leer en la actualidad algunas obras dignas, de almas estancadas en el tiempo. Hubo una mujer que me dijo que era de otro tiempo, tal vez otra época. Que el tiempo me condenó a nacer en una generación a la cual no pertenezco, solo porque amé incondicionalmente a todos los árboles que me dieron sombra y a las lunas, que siempre la misma, tuvieron diferente nombre. 
Luego de años de abusar de contradicciones llegué a la conclusión final de mis anhelos adolescentes. Puedo ser adulto cuando quiera, pero me acecha la soledad.

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Nos vimos hace unos cuantos inviernos. Nunca más nos cruzamos, y no lo haremos. Porque ambos, a pesar de seguir en vida, hemos muerto para el otro, desapareciendo, ante la tiranía del otoño que desnudó los últimos árboles.

domingo, 27 de mayo de 2012

Preguntale a ella



Le pregunté si podía cantar entre tanto alboroto y alcohol; me dediqué a observar y cerrar la boca. Esbelta ante el micrófono, sus dedos lo abrazan y desearía captar sus frecuencias para colocarlas en la cinta de grabación, ser despedazado en partes ínfimas para introducirme en los oídos de todos los que escuchen esa voz; no precisa de acompañamientos ni orquesta.

Observo los movimientos y nos encontramos o creí encontrarla, tal vez ella no está en este momento donde estoy. Cruza la mirada de a ratos y sigue el ensayo, la grabación, para, vuelve, piensa, afina, desafina, desenvaina una canción como un arma y la cabeza con el corazón son las primeras víctimas agridulces.

Ese día luego del sol nos fuimos a comer bajo un puente de autopista, un inmigrante de un país nórdico hace algunas genialidades parrilleras que no son de mi agrado pero preguntale a Nara, que disfruta de lo "autóctono, popular" como dice entre mordisco y cerveza. Hablamos sobre el disco que saldrá en marzo del año entrante, no se muestra preocupada porque confía en todo el mundo alrededor de su sistema interno pero leo en sus ojos algún miedo que no es explícito y tal vez no sepa de que se trata o sobre que es tanto temor oculto, escondido entre sentimientos positivos y optimistas sobre el suceder de los días .Del puente nos fuimos a casa, nos entregamos a un disco de Derek and the Domino´s y cantamos hasta el amanecer, con guitarra, un cabernet y amor en el sillón. Dormimos: ella en mañana, yo entre algunos recuerdos y el mareo, me quedé con sus ojos en el puente.

Llegamos al estudio y la sesión de grabación siguió su firme rumbo. Esta vez llevé un libro para alivianar. Algunos piensan que es divertido pues no, no es para nada dinámico un evento de tal característica, lleva sus horas, grabaciones una y otra vez, detalles, temas, bases, ritmos, ideas y creatividad con trabajo. Mi paciencia es amor en forma de Naara. Preguntale a ella como soporta tanto. Le pregunté varias veces cuando la almohada nos separaba y me contestaba con gestos de hombros o con manos de gloria alzadas en el cielorraso. No necesitaba más palabras para entender que el arte es sudor, fuerza y un amor a algo intangible, más allá de la obra en sí misma. Ese día seguimos juntos, hasta el final, cuando los últimos minutos de una jornada agobiante nos dejaba sin ganas de seguir y decidimos dormir.

Ese día reímos como nunca. Planteamos un juego zonzo, en que éramos objetos de la vía pública. Me contaba que siempre quiso ser un farol para iluminar la ciudad o para salir en una foto improvisada de un tanguero porteño a pesar de que no estábamos en Buenos Aires. Yo por mi lado, tengo menos pretensiones y me conformaría con ser el monolito recordatorio de la tragedia de los baqueanos cerca de la Laguna del Diamante. Me miró con esa cara que delata que le parezco un sujeto aburrido y tierno a la vez, me cierra las palabras con un beso. Y nos maquinamos siendo arboles, podríamos ser árboles, vivir de sensaciones y estáticos, perder brazos por el viento y renovarlos en épocas primaverales. Seres de sensaciones nada más. El atardecer y el frío nos invitaron a escondernos en casa, donde tenemos lo necesario para pasar la noche.

Preguntale a ella si la ves, yo no la vi más desde aquel día en que se fue para promocionar su obra; nada más lindo y cansador, salir de “gira” como le dicen. Sus giras nunca tuvieron condimentos alocados, su música, su público, se elevan a un estadio en donde nadie aplaude porque no es necesario, los espíritus se agradecen entre si y los seres no hablan porque no conocen vocabulario para describirlo. Mis imágenes pueden ser hiperbólicas, pero no suelo exagerar. De ahí en más, entendí la existencia y porque los hombres crearon religiones para sobrevivir u otros se esconden en expresiones diversas, que llevan a un solo lugar.

Conocí el verdadero concepto de la soledad, el peso de mirarse al espejo y las arrugas molestando. Los ojos caídos y manchas de agua a la altura de la cabeza. Solo. La cama sola y yo. La reproducción de su alma a mi lado, como si aun estuviera ahí. Sé que está y es mi espíritu el que lo siente. Se conjuga con el suyo, jugando, hablando, cantando, tomando vino tal vez y otras porquerías que nos gustan. Mientras espero con paciencia a que la oscuridad me condene y la esperanza del más allá que me vendieron desde chico, se convierta en realidad onírica o concreta y pueda en cualquier lugar del universo volver a verla.

martes, 22 de mayo de 2012

Poesía n° 2



Necesito encontrarte no solo en las canciones. En la lluvia o en las historias. En el final de cada película y en el silencio de los valles. Frente a casa, fuera de mi, en el licor que me regalaste, en el recuerdo de tus abrazos. En los amores de cada libro, en las novelas más imprecisas y en el sol que me despierta. 

jueves, 12 de abril de 2012

Somos la eternidad





Puedo decir, ante la tiránica inmensidad de la noche, que los relojes pararon para siempre en algún lugar, en alguna canción inesperada, en los recovecos de aquellos que luchan contra sí mismos esperando la redención, en aquellos que mueren en los hospitales, bajo el yugo del vil metal o el fuego de las armas que nuestra humanidad creo para autoabastecer su hambre asesina.
Llora la tierra ante los tratados mineros, llora nuestra agua ante cada toxina, ante cada maldad que oscurece su transitar en los ríos. Mientras exista el sol seguiremos siendo vos y yo, unidad química e irreproducible en cualquier parte del universo. Vos, y yo, todos, nosotros, configuramos la existencia y a través de todo este sin sentido general, somos responsables de la aniquilación de los conceptos de felicidad. Nos entregamos a las maquinarias del capitalismo, que disfrutamos a cada paso y en cada instante que escribimos en busca de una superflua superioridad. Estamos ahí, ante todo, como si fuéramos una nada que pasa y se deshace.
Quisiera utilizar un fragmento de Jorge Luis Borges en su soberbio poema llamado "manuscrito hallado en un libro de Joseph Conrad", que reza, y ante la mirada de ignaros idealistas:

El humo desdibuja gris las constelaciones
remotas. Lo inmediato pierde prehistoria y nombre.
El mundo es unas cuantas tiernas imprecisiones.
El río, el primer río. El hombre, el primer hombre

Todos somos los ríos que pueblan nuestra vida, nuestra esencia que corre para siempre en forma de agua, de sol, de pájaros en el amanecer que rezan sus plegarias a la luna que se funde en un abrazo con el alba. Todos somos el hombre que firma decretos y ahuyenta su dignidad en dolares. Todos somos los ocho mil bosnios muertos en la masacre de Srebrenica y también somos los generales serbios que sus armas descargaron con ocasionales justificativos. Todos vivimos en Sarajevo, en Bagdad, somos Vietnam y la Roma de Nerón. Somos la inquisición y Malvinas y las Falkland.

Somos la eternidad
Somos el tiempo
La vida. 

domingo, 8 de abril de 2012

Destiempos


Hay tiempos para la guerra, y para desarmar obsesiones ajenas. Hay tiempos para mirarte, encontrarte y escapar para ver si me seguís. Hay tiempos y destiempos, destierros y olvidos, amores para siempre y vos marcada en cada segundo, porque te llevo en mi, en la sangre que corre, en los albores de mi destino.
Tus caídas en la tierra, el vino que nunca tomamos juntos pero todos los vinos que tomé fueron tuyos, porque cuando las copas chocaban resonaba tu voz, tu mirada
Lo irracional de mi idilio radica en el color del paisaje cada vez que aparece tu soberbia perfección.

sábado, 25 de febrero de 2012

Entre el ron y tus indicaciones



Me confesó en privado que había bebido un ron inglés (del cual no tengo más datos) y dialogamos obsesivamente sobre que en ese momento debíamos vernos y beber un vino casualmente adquirido. Fue mi idea y su inteligencia le dio el no antes de salir a mi encuentro. Aunque algo cambió esa noche y he tratado de indagar en estos días qué fue, o por qué; no he tenido respuestas más que una sensación única, irrepetible, que se manifestó en el momento en que nos abrazamos en una siesta sin tiempo ni espacio, bebiendo unas copas de limoncello (que según ella no es lemoncello, como popularmente algunos nombran tan virtuoso licor de limón).

De ahí en más algo se dibujó, como si una obra de arte hubiera tomado el control de la vida. Todo parece ser escrito por una mente maestra, que va colocando los acontecimientos uno tras otro, encontrándonos a propósito y fuera de toda organización civil establecida.

Un incierto miedo me invade.
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Me pregunto si existirá alguna réplica tuya o si puedo encontrarte en el reflejo de un espejo.

martes, 21 de febrero de 2012

Panacea


Llegué tarde y me preguntaron por qué. La magia me retuvo, contesté y absortos me miraron pero no pasó nada más, o perdí el contacto con el mundo externo y no supe el resto. A otros les conté que conocí el concepto de magia. Algo tan abstracto que se responde con una sonrisa y alguna frase común “qué loco estás”. Estaré loco o no formo parte del tiempo, que se consume y me mira cada vez que le pido cuentas a la soledad, que acecha cuando termino un libro o el cigarrillo que muere invitando el nacimiento de otro, en un círculo que parece ser eterno…


Me dijo algo casi científico: “se necesitan quince abrazos por día”. Fueron uno, dos, tres, tal vez cuatro. Me estoy instruyendo en procesos alquimistas para repetir día a día el instante en que nos fundimos el uno con el otro.